jueves, 30 de enero de 2014



Lo histórico:

La maravilla de "lo histórico", baña a la vieja Europa. Murallas medievales, puentes  y edificios de trabajosa arquitectura van de un punto a otro del ajetreado continente, donde nacieron las premisas  vitales de Occidente. La cuenca del Mediterráneo, conoce como nadie de esas maravillas.
Sin embargo, las vueltas de la historia, apenas tienen tiempo para la majestuosidad y lo faraónico, ignorando algunos entrañables gestos del pasado siglo, donde la cultura popular aún palpita. Ahí, "lo histórico" es ignorado.
El álgido invierno económico de Europa, está derribando con sedimentos manotazos  aquellos sitios donde han crecido, a golpes de ilusión y adversidades, la vida de los  vecindarios;  lugares que son testigos de los hombres y mujeres anónimos, para los que el poder político suele  decir con gran elocuencia y solemnidad, que gobierna.

España. Año 2014. Apenas un testimonio más del irrespetuoso ímpetu de la Economía de Mercado.
Algunos, sin embargo, intentan con juvenil ilusión, la puesta en marcha de nuevos emprendimientos, plantándole una lucha desigual a los deslumbrantes molinos de los grandes capitales.

domingo, 4 de noviembre de 2012



HAY OFICIOS MARAVILLOSOS.
Hay sencillos y anónimos oficios ejercidos por humildes y desconocidos personajes barriales.
Ajenos a las pretenciosas maniobras de los banqueros, a las ostentosas búsquedas de la cirugía estética, a los alterados teléfonos de los agentes de bolsa, discriminados para siempre de  las revistas del corazón, esta gente vive día a día entregando su arte y su conocimiento en las pequeñas alegrías cotidianas.
Instalados para siempre en un lugar cualquiera, han hallado (casi sin darse cuenta) un tesoro que el resto, distraído con las ofertas de fin de temporada y otras banalidades, no logran encontrar: Su lugar en el mundo.
Tal vez, cuando se hayan ido de la vida, se los recordará de tanto en tanto en minúsculos diálogos, nombrándolos con los certeros apodos que les puso la calle. Como ocurrirá con “Don Macizo”, el Rey de Los Trompos.

lunes, 10 de septiembre de 2012



HOY 10 DE SEPTIEMBRE, NELLY CUMPLE  101 AÑOS
 ¡101 AÑOS Y SIGUE CANTANDO!
Coherencia artística y personal. Hembra de carácter que, sin alardes, le hace sombra a cualquier feminista moderna de biblioteca.
Cantora excepcional y una maravilla de la naturaleza y la cultura popular del Río de La Plata.
La argentina Nelly Omar, la denominada “Cantora Nacional”.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Algunas Aclaraciones:  
 
 El Club Social y Deportivo Defensores del Abrazo, se circunscribe al baile del tango, al ABRAZO CERCANO como distintivo de una forma de encuentro, en un espacio de ocio. Y, con cierta amplitud, nos ocupamos de la evocación y del porvenir de la cultura tanguera (música, literatura, costumbres, etc.).
  Defendemos EL ABRAZO EN EL BAILE, como centro de gravedad, por el carácter comunicativo que imprime al bailar con una música que, por concomitancias culturales y expresivas, generaría un ESTADO personal y social de profunda conjunción entre dos personas y el grupo que la circunda en iguales circunstancias.
  No proponemos ninguna terapia new age, ni somos santones que nos gusta dar apretones a la gente ávida de afecto, para que luego llore y crea en los milagros.
  Así mismo, creemos firmemente que esta danza, NO ES UN ESPACIO DE IMPUNIDAD para nadie (menos aún para las personas con marcados rasgos histéricos).
  Por último, tenemos una mala noticia para los que nos siguen de manera desprevenida: Dudamos mucho de que cualquiera se merezca un abrazo; en realidad, NO LO SABEMOS; y no somos tan buenos como para emocionarnos con el sólo hecho de pensar que sí.  
 
Comisión Directiva del CSDDA.-         
Firmado en acta, con fecha 6 de Septiembre de 2010

martes, 17 de agosto de 2010

                          Alma Máter

  A Julián, no lo bailábamos: Nos parábamos a escucharlo.
Los mozos dejaban de servir las mesas, los niños paraban de jugar, y si por extrañas maniobras del día, uno andaba extraviado, las mujeres y los hombres de todas las edades recuperaban, de repente, la identidad. Y las calles, los ministerios, los pesados papeles de los juzgados, el mismísimo Río de la Plata, toda la ciudad parecía detenerse ante la arrolladora pasión de Julián: La Poesía.
  Cuando él levantaba en un puño a La Palabra, se agigantaban los nombres propios y estallaban los escondrijos del verso; la avenida Záens (que anda por Pompeya) se estiraba hasta el centro pa’ escucharlo; y la Triunvirato (¡Bien de Urquiza!) demolía los paredones de la estación Lacroze, descarrilaba a los trenes que llegaban de Campo de Mayo, para sumarse a Corrientes; y de ahí, rajar para La Boca.
  Amleto Enrique Vergiati, fue para nosotros, nuestra Alma Máter; fue, para decirlo bien dicho: Julián Centeya, señores.


  Todo podía faltarnos: La soda para el vino, el queso para las pastas, los centavos para el café, una mujer que nos quisiera…Pero si nos faltaba Julián, no éramos nada.
  De tanto en tanto; como el cura reza su rosario, como los parroquianos van a la peluquería, o las empleadas domésticas limpian el bronce de las puertas; así volvíamos a Julián. Ya sea, pasándonos sus pocos libros editados, escuchándolo en un disco, o viéndolo recitar en persona en el Almacén de Serventi, Julián nos daba una violenta sensación de pertenencia, un “Nosotros” tan unánime, que ni la muerte podía pararnos.
  Por eso nunca entendimos por que le llamaban El hombre gris de Buenos Aires, si para nosotros era toda luz; luz de lluvia, pero luz al fin; luz, para nuestra ruda sombra de pelear el lunes, la yerba y el azúcar, y el pan del mediodía.



  Escribió y chamuyó pa’ todos: Para los laburantes y para los pungas; para su Boedo dilecto y pa’l Café Domínguez; para su viejo y para las putas; para nuestro Gordo Troilo y para ese Negro universal de la trompeta, llamado Louis…



  Sin la voz de Julián, no éramos nada.
¡Como nada soy ahora, tan lejos…! En esta cama extranjera, con vista al techo; redimido a besos y domingos, por esta muchacha gringa que duerme de costado, rozándome el recuerdo y la rodilla.



                                                             Camino Surel

martes, 10 de agosto de 2010

                   El "Polo"

  Una cocina, un perro sin dueño, una calle maleva, el filo de un verso...
  Para mostrar la realidad, él, sólo le abría la puerta...
  Eso (nada más y nada menos) fue su misterio....
  Buenos Aires, sabe de su silencio.
 

  Nuestro homenaje, desde el CSDDA, a Fabián Polosecki.
  En este caso, especialmente para nuestro ambiente tanguero,el reportaje a un ex "dandi" (según Polo), o ex "canfinflero" “anarquista” y luego ”comunista” (¿¡?) (según se autodefine el personaje en cuestión).
  Entonces..., decíamos, nuestro recuerdo de "Polo".









jueves, 28 de enero de 2010

                                                                                                                             Pertenecer

   Para nosotros, ella venía del centro; no me acuerdo de qué barrio. Creo que de una orilla de Palermo, la que roza la avenida Córdoba.
     Traía una ajustada elegancia, y en el cuello, esa cadenita de oro de toda la vida. 
     Siempre llegaba sola. Se sentaba, también, sola; habitaba en un lateral opaco de la pista; casi siempre del lado izquierdo (mirando desde la entrada del club), escoltada por el cartel que proponía comprar la ropa en “Casa Malena”.
     Ahora que lo pienso bien, siempre tuve la sensación de que era una chica que se hacia su ropa. No me pregunten porqué; no sé si alguna vez me lo comentó como al pasar, o por la manera de acomodarse la blusa entre tango y tango. Más allá que podía parecer una profesora de castellano o francés, con un sueldo modesto, sabía ajustar un sólido orgullo femenino a la silla plegable de madera que la sostenía algún que otro sábado, en “El CeDA”. Envuelta en una sobriedad inmejorable, silenciosa y atenta, supo decir “no” a los milongueros más reputados. Bien vale recordar aquella noche, en la que “el Zurdo” Benavides, amparado en su sólido currículo tanguero, se levanto de la mesa que lo acogía hacía años y, confiado por que una vez había bailado con ella, se le acercó lentamente para invitarla, mientras el resto de nosotros sospechaba casi ensordecidos por la situación, que algo iba a salir mal. Y así fue: el “no” relajado y compasivo de la dama y sus pestañosos ojos marrones mirando fijamente los ojos los del Zurdo, confirmaron lo que uno debe aprender desde niño en las calles del barrio: No siempre se gana. Un segundo después de que Benavides fuera impugnado y representara con afectada elegancia algún retruque a la negativa de la muchacha, todos en silencio, volvimos la cabeza hacia la pista, sin siquiera mirarnos entre nosotros. Nadie jamás habló del tema, sólo el “Zurdo” Benavides que con maquietada superioridad, esbozó algún argumento que nadie escuchó.
    Tan potente y natural era la seguridad de la nombrada, que si uno lograba abstraerse del resto de la milonga, comprobaba que el suelo del Club Social y Deportivo Defensores del Abraso se inclinaba hacia ella como hacia el centro de un embudo; mientras el resto del mundo, ignorantes de ese prodigio, se distraía bailando, para no caer inevitablemente en ella.
    Nunca necesitó pertenecer al pretencioso ejército de milongueros, que matan el tiempo escuchando siempre los mismos tangos. Jamás pretendió ansiosamente, ser aceptada por los que bailan como los dioses, ni por los que salían en las revistas especializadas contando como les fue en París, Japón o Berlín; nunca quiso convertirse en una milonguerita simpática, para que no la dejen afuera. Bailaba sin artilugios y entregada al rito, con el respeto que se merece Homero Manzi o Rosita Quiroga. Sólo era vistosa para los muchachos melancólicos que aman el tango, pero escapan de su exagerada seguridad porteña. Para los demás, ella sería sólo un misterio.
    Apenas una vez, bailé con ella. Nos unió para siempre, el silencio.
    Aún sigo arrepentido de no haberla invitado al cine, o de contarle mis primeros intentos con la poesía...La dura inseguridad que me invadía por aquellos años, enmudecía cualquier propuesta digna de ser aceptada.
Hoy, a la distancia, a veces sueño que tengo una amiga... Entonces aparece ella: Suavemente pretenciosa, dulcemente barrial. Quiere beber una cerveza en Praga, escanciar una sidra en Gijón; que nos sumemos al vino chileno en Santiago. Invicta y austera, llega meditando a Pichuco.
Al final de la noche, se abrochará un botón cualquiera, se acomodará la blusa y volverá a su casa.
   Nunca necesitó pertenecer; sumarse a la fiesta artificial de los otros. Considerada tanto con Pugliese como con Mederos (talvez lectora de Cortázar u Orgambide), el Club Social y Deportivo Defensores del Abrazo no logró asociarla.
    Si mal no recuerdo, se llamaba Ana.
                                                                                                                      Camino Surel
                                                                                                  

viernes, 8 de enero de 2010

                 
                     Pa’l Roberto
    
 Cuando un cantor popular se va pa’l Silencio, todas las calle del mundo corren a buscarlo. Por encima del ruido de los aviones y los dictámenes bursátiles, las calles pedregosas de todos los barrios, quieren salvarlo.
    Pero es inútil. Los abrevaderos de la muerte, absortos en su mecánica faena de moler el sueño de la reencarnación, fagocitan las primeras calles que se le acercan. El resto de ellas, ya no se animarán a rescatarlo.
   En los mercados, donde el pueblo compra el kilo de carne, el ramo de perejil, las cabezas de pescado que llegan del puerto, no se habla de otra cosa: Que era un buen muchacho; que cantaba como nadie; que era todo un artista; que el cigarrillo no perdona; que hay que cuidarse de la bebida; que “¡Qué lástima, che!”…
   Las calles (insisto), que lo conocen tanto, serpentean amordazadas para que el cantor no calle. Quieren que estalle su boca de perro exasperado, que menee su lengua de lamer a las muchachas, que alce su bandera rota de lobo enamorado…
   Pero… ¡Qué se le va a hacer! Los naipes del limbo, barajados por un dios vetusto que apenas se sostiene en pie, dictaminan (con cínica ventura) quien gana la partida.
  Entonces, no importa si las calles son del barrio del Abasto, en Buenos Aires; del oscuro Harlem, en Manhattan; o de la parroquia de Lavapiés, en Madrid; todas (repito), todas, siguen aleteando enloquecidas; como cuando América entera miró atónita a Medellín, por culpa de Gardel; o el Uruguay se dobló el medio por el manotazo fúnebre de Zitarrosa; como aquel 16 de mayo español, en que los gitanos miraron sin consuelo al cielo, porque Lola Flores los dejó sin poder hacer palmas; como aquella vez ..., cuando el blues quedó de rodillas, al enterarse que la juventud endiablada de su pequeña hijastra rubia, Janis Joplin, ya no cantaría más…
   
   El caso que hoy ocupa mi corazón enclenque, nació en Bandfiel; pero antes, por Alsina. Es de un muchacho del rock, que un día se le dio por llorar. Y entonces todo un país salió a verlo, a delirar con él, a comprar sus fotos, a querer besarlo. Antes, por los luminosos ’60, él pagaría los tragos y algo que comer, a los hippies criollos, hambrientos de cambios y marihuana.
   Fue así, no más: Sencillo y reservado; melodramático y campeón de América; a veces señorial, o también (porqué no), ajustadamente cursi (cursi, como se viste el amor los domingos, por el barrio). Pero escaló los escenarios con la demencial altura de los artistas impares, que con sólo mover una mano, conmueven a las multitudes.

   Quiero decir, solamente, lo que cuentan las vecinas, los carteros y los gallos: Que fue un buen tipo El Roberto, al que todos llaman Sandro.

                                                     Camino Surel.-


viernes, 18 de diciembre de 2009



 Pincharratas

   Quien escribe estas líneas - Nicolino Maturana, para servirles - hace varios años, cambió el fútbol por el tarot marsellés. Quiero decir, que ya no me emocionan las gestas atléticas tanto como los arcanos universales del saber humano.
   Altamente desilusionado por mis sospechas sobre la Industria del Deporte, y la entrada como presidente triunfal, de un representante de los gobiernos de facto y la oligarquía criolla, al otrora club de mis amores, Boca Juniors; decidí, entonces, retirarme resignadamente, de las huestes competitivas. Con aquella mezcla grotesca y absurda de pizza y champán que nos regaló la historia de Latinoamérica en la década del ’90, no tuve que hacer mucho esfuerzo por alejarme de los torneos de primera división, ambiente en el que tantos nos criamos, enfervorizados por la luz dominguera de una pelota número cinco.
   Pero toda esta pirotecnia advenediza y vergonzosa, nunca podrán quitarme del costado más rugiente de mi corazón, la maravillosa lista de sucesos compartidos alrededor de una “grande de mozzarella” en Banchero; o alargando un café en La Giralda de la Avenida Corrientes; o disparándome en un grito de gol, una tarde en La Bombonera.
   Entre estos episodios de estadios, discusiones y amigos, no me cuesta para nada, recordar a ciertos camaradas platenses con los que solíamos visitarnos al ritmo universitario de los años `70; cuando el tango era cosa de viejos, el tarot una superstición desvencijada y el club Estudiantes De La Plata una congregación cálida, que frotaba sus botines negros con pomada “Cobra”.
   En ese costado incólume que ya les dije, están los nombres de Roberto Arrieta, que entres sus libros de medicina guardaba una “estampita” de Aguirre Suárez; aún la recuerdo…



                                                          
   También evoco a aquella morocha encaradora llamada Margarita Rodríguez, que con esa luminosidad adolescente y revolucionaria con la que paseaba, nadie hubiese pensado que las tinieblas de la historia argentina se la tragarían aquel julio de 1976, después que se la llevaran subida en un “Falcon” verde; el “Toto” López, la lloraría para siempre buscándola de hospital en hospital, de comisaría en comisaría, antes de fugarse a Suecia como refugiado político.


   La Ciudad de las Diagonales, era un hervidero tumultuoso de estudiantes, música, ideas, y amores contestatarios. Una república de árboles carnosos, alentando el futuro de los nuevos tiempos.
Así la recuerdo, así la recordaré: Tragando saliva y mordiendo el aliento.


   Ahora que Estudiantes de La Plata se enfrentará para el Mundial de Clubes con cierta tribu ibérica, los “Talancas” (que fanfarronean con que son más republicanos que nosotros, para que se calienten los actuales Borbones); ahora, digo, yo los recuerdo. Sin saber un pito de los vericuetos del fútbol actual, con soledad europea, los felicito en silencio. Por culpa de aquellos amigos platenses, me siento a escribir en esta tarde escandinava de dos mil nueve.


   Hace frío en Estocolmo; quizás llueva. Lo sé, por la ventana que da a la calle. Antes de que anochezca totalmente, tengo que salir a comprar un poco de pan y un tarro de tomates. El “Toto” López no vive más por acá, según me contaron unos exiliados chilenos ¡Y yo que viajé para rastrearlo...! Parece que anda cantando con su guitarra en el metro de Madrid; lo vieron con el pelo largo y completamente blanco. Quién sabe si se acordará del “Negro” Maturana. Y yo que le traía algunas cosas…Este poema de Humberto Constantini, por ejemplo; y que ya no me cabe en la maleta, por culpa de tanto aeropuerto.
   Si no se ofenden, si no les resulta molesto…Mejor se los dejo ustedes. Aunque no sean Pincharratas, mejor se los dejo…

Porteño y de Estudiantes
   Humberto Constantini, 1968

Uno vivió humillado y ofendido,
se sintió negro, paria, risible minoría,
adventista, croata, o bicho raro.


Uno aguantó silencios,
miradas bocayunior, sonrisas riverplei
y condolencias.


Uno sufrió, mintió, dijo no es nada,
congeló el amor en un descenso,
honestamente quiso sacudir su carga.


Uno debió explicar con voz de tío
que había una vez un Lauri,
y había un Guaita, y había una delantera,
y había un sueño dragón y una princesa
y había un rey Estudiantes de La Plata.


Uno dejó colgada
durante veinte años la foto de Zozaya,
porque sí, porque bueno, por costumbre,
porque le daba no sé qué sacarla.


Y un día la sacó como se sacan los relojes viejos,
el diploma de sexto o las nostalgias
(estaba desteñida y amarilla, y en la pared
quedó como una marca o un fantasma)


Uno se fue, se rechifló del fútbol,
por despecho se volvió criticón y sociológico;
se dedicó al latín, al mus, a la política,
al ajedrez, al sánscrito, a la siesta,
a la literatura, a beethoven,
o simplemente a nada.


Y se indignó y habló del opio de los pueblos
y la revolución que se vacía en el vicio de las canchas.
Y aguantó como un hombre,
y vio a su hijo colgar la foto de Rattín
(justo en aquella marca)
y lo vio bostezar
de tanto cuento viejo y tanto Lauri,
tanta caperucita y príncipe encantado
y tanto rey Estudiantes de La Plata.


Uno vivió humillado y ofendido,
se sintió negro, paria, risible minoría,
adventista o croata.


Entonces,
¿se dan cuenta por qué ando así,
bastante bien últimamente,
con sonrisa de obispo
y con dos alas?


                             



Camino Surel

Viernes 18 de diciembre de 2009.-
En el Día Internacional de Las Migraciones 

martes, 27 de octubre de 2009

Intro
                                     
                           Pocas cosas

   Ajenas a las Academias y a las Universidades, cantan otras voces; desde el fondo horizontal y eterno de La Pampa hasta las frescas y brillantes colinas de Irlanda, se anima a solfear la historia el Hombre Cotidiano; ese que nunca fui, por ser, inevitablemente, un caballo aburrido en busca de otros misterios y otras realidades.
   Sin embargo, al pasar de los años, descubro en la vida franca y trabajosa  de los pueblos, un antídoto a la ampulosa y cínica postura del snobismo moderno: la autenticidad. Creo vislumbrar una identidad, construida a base de gozos y desencuentros; un cúmulo de luchas anónimas, fundidas todas en una penetrante intención que le pelea a la vida por un poco de comida o el futuro de un hijo. A veces me despierto de mi ególatra y pretenciosa vigilia, y la conciencia encuentra en esos gestos, a la eternidad.
   Aquí no hallarán mucho; poco más que un bodegón y su vino de la casa, una esquina solitaria en una noche de invierno, un anillo de alpaca comprado un domingo en el Parque del Centenanario, un álbum de figuritas sin completar por que le falta “la difícil", la sortija robada al calesitero...Un collar de sucesos descuidadamente engarzados por los sinuosos andamios del Tango rioplatense.
   De todos modos, para un servidor, estos sencillos amuletos encarnarán un encuentro vital con su propia identidad y la de otros tantos, en los que se arroga el derecho de hablar:
                           Los hermanos Bertini, que siguen tirando de un carro, juntando botellas y metales que otros seguimos ignorando; Anselmo Fernández, que insistía con Gardel y Charlo, a los que yo no podía llegar, absorto con la más cercana resonancia del gran cantor Julio Sosa; el “Gordo” Camargo, que falló en sus reiterados intentos de sumarme al peronismo (incluso cuando correteábamos juntos a las hermanas Meneguetti); Marcela Piamonte, que no lo logró convencerme para que me afilie al partido comunista, a pesar de las tantas charlas sobre la explotación del hombre; Eduardo, mi primer amigo íntimo de la adolescencia, con el que compartíamos los libros de Richard Bach (aún no intuíamos a Ingenieros, a Nietzsche, a Ouspensky...); Miguel, mi padre, al que apenas conocí y del que sólo heredé algunas fotos suyas y el lengue blanco de milonguero, que guardo en el tercer cajón de la cómoda, a doce mil kilómetro de mi pasado, en un pueblo europeo, desde donde también escribo por Ellas:
    La Bety (mi hermana) que ya no trabaja con cama, y plancha por horas más cerca de casa, para estar más tiempo con Marta, esa mujer que un día (no me acuerdo cuándo) me dijo que era mi madre y yo le creí (sobre todo cuando se levantaba temprano para ir a limpiar el chalet de los Poncirena, y me despertaba sin quererlo, al hurgar con un torpe respeto, una bolsa de plástico ruidoso que guardaba en el ropero, repleta de medias...)
   Con este silencioso derecho, asumido desde la más rústica atalaya, y con más experiencia que literatura (pero fascinado a ratos, por el crepitante mundo de la metáfora), me dispongo a escribir en voz alta estas menudencias y otras derogadas barbaridades. Para quien escribe, será como un poco de lluvia sobre la tierra caliente de las calles donde se crió, como el último pedazo de pan en la mitad de la noche, cuando en el barrio todo está cerrado.
   Ya veremos adonde llego. Quizás me invada un ataque repentino de vergüenza, crea en el deber ser un ciudadano bonachón, y una noche cualquiera, con el pijama planchado, apague este blog y me meta en la cama.

   Sepan disculpar estas vanidades.

                   Camino Surel.-   27 de Octubre de 2009.-





                       El  C. S. D. D. A.
   
  En el “Club Social y Deportivo Defensores del Abrazo” no se jugaba al tango: Se lo vivía. Por que una cosa es divertirse haciendo pasitos de comparsa y otra, asumir el riesgo de ser atrapado por la pasión y el instinto, el sagrado instinto que inundó al mundo de niños, animales y plantas; y exponerse a terminar rogando amor...; el mismo amor que llevó a Whitman a bendecir al mundo, a Van Gogh  a cortarse una oreja. 
   En sus baldosas gastadas, aprendí que cerrando los ojos uno se va corazón adentro; que el mundo pude ser más habitable, como cuando Silvia rozaba mi espalda con su mano izquierda, porque nos juntó al borde de la pista de baile, la batuta delicada de Miguel Caló y la voz de Raúl Berón.
   Yo caí al “Club Social y Deportivo Defensores del Abrazo” (“El CeDA”, para los muchachos sentimentales), por accidente. Fue, cuando aún no alcanzaba a ver del otro lado del estaño, detrás del mostrador, donde se pergeñaban mezclas de brebajes estaños, se pactaban destinos de alcohol y revoluciones sociales que las dictaduras oligárquicas callarían años después.
   Me llevo mi hermano Miguel (muchos años mayor que yo) para unos carnavales en el que mi madre trabajó de noche cuidando a una viejecita del barrio de Valentín Alsina. Mi padre (ausentado hacía tiempo, y para siempre, por un inoportuno síncope cardíaco) sabía recorrer la pista de punta a punta del club, “cabeceando” muchachas, mirando a las coquetas forasteras del barrio, buscando (sin saberlo) a Marta, para que yo naciera, veinte años después.
 -¡Pocho…! Un sánguche y una Mirinda para el pibe. – Pidió la voz viril y respetuosa de mi hermano.
 -¡Cómo no, Miguelito!- Asintió enfático, el Pocho.
   El Pocho era mecánico, pero ayudaba a la comisión del bufete en aquella ocasión por que llegaba mucha gente hasta la Institución, para estas fechas.
Aquella noche me llamó por primera vez la atención, unas voces extrañas y unas caras rojizas que venían de una mesa.
- Son gringos – Comentó, mientras masticaba una aceituna, el negro “Peñaflor”. Miralos como sonríen (Y fue delicado al decir: “sonríen”.No era su estilo) ¡No entienden nada los “yonis”! – Agregó, con gesto orgulloso y compasivo.
(No sé si fue el matiz de la piel, las voces extrañas o algo más profundo; pero creo que aquella fue la primera confirmación de mi incómoda pero maravillosa sospecha: el mundo era más ancho que la manzana que contenía la cama donde dormía. Esa maravilla, me llevaría años más tarde, a vagar de barrio en barrio de escuela en escuela, de beso en beso…Pero esto es otra cosa).
   No era difícil adherir al orgullo de “El Negro Peñaflor”. Todos (aunque más no sea de manera inconsciente) sentían que palpaban un costado esencial de la vida, cuando se abrazaban al compás de un tango. Que le daban un beso o le tocaban el culo a la Vida, a esa Vida, que se la tenía por mezquina; altamente seductora pero mezquina.
   De la herencia inmigrante de los padres y los abuelos, se construyó un lamento altamente estético, en esa esquina del Río de la Plata; se asumió una tarea desalentadora pero fervorosamente vital, de pelearle la calle al Destino Infame, que parece jugar con el género humano; algo así como un designio olímpico, digno de los dioses griegos: de un Sísifo con su piedra y su cuesta, de un Prometeo con su cadena y su roca.
   Por que eso era bailar el Tango en el “Club Social y Deportivo Defensores del Abrazo”. No era moco de pavo ¡Minga, de pasitos de murga! Bailar Tango en el “Club Social y Deportivo Defensores del Abrazo” era una experiencia poética.
   Aquella noche de verano, estos ojos, vieron a la "Rusita” Laura Abrahamovich, mirar en silencio desde una punta del salón, al "Turco” Mario Ben Hasán; y él, caído para siempre al destino de una muchacha de barrio, se levantó suavemente de su mesa, inundada de amigos y de frases echas, y encaró para el lado de Lurita, acomodándose con elegancia su mejor traje (el único). Luego, Osvaldo Fresedo completaría el resto: hacerlos perder de vista, como a todo el mundo, en ese rectángulo fatídico y carnal donde todos se sentían “Uno”.     
   -Para bailar Tango, “hay que tener huevos” - Disparó, como al pasar, el cordobés Venancio Rodríguez, adicto a Macedonio Fernández y a Séneca (entre otras cosas).
   -¡Che, cordobés, cuidá la boca que está el pibe! - Le pidió “El Cuervo” Oliverio Santillán, resguardando mi inocencia. Mi hermano, el más joven de todos ellos, asintió con modestia, mirando a Venancio, que se disculpó de in mediato.
  -¡Huevos y ovarios! – Completó Rosita Ferreira, que no había oído el pedido de Santillán, mientras se sumaba a la mesa desde atrás, recién llegada de Villa Ortuzar, después  que el 140, volvió a jugarle una mala pasada, y estuvo en la parada del colectivo  más de la cuenta. Contó, de paso, que aprovechó para sacar el espejo en la esquina de Av. de Los Incas y Andonahegui, y retocarse los ojos.
   Fue muchos años después, que comprendí, la sentencia de Venancio y de Rosita. Entendí entonces, que se necesita un mínimo de coraje para arriesgarse a la poética tarea de abrazar a otro, sintiendo los compases de un Canaro o un Pugliese, y no quedar herido en el intento, si la experiencia fue totalizadora.
Había que tener coraje para luego de esa experiencia, sostener los requerimientos del buen gusto; la suficiente decencia y orgullo, para no enloquecer de amor y saber esperar lo que quizás nunca se dé...
   No siempre se manifestaba esa energía arrolladora, en una pareja. La “Tangura”, era más bien excepcional, suplantada muchas veces por encuentros más modestos de coordinación corporal o amistad barrial; era raro toparse con la “Tangura”, pero después del primer tropiezo con ella, uno quedaría marcado.
   La “Tangura”, como las “malas palabras”, eran entidades veladas para nuestro período de latencia freudiana, como lo sería pocos años más tarde, el sexo. Aunque, para que ocultarlo: yo no llegaba al estaño, pero entre el ir y venir de sifones, cervezas y whisky, sentía como el aire olía a procreación, en esa no noche de verano carnavalero.
                                               Camino Surel.-